2014/06/13

Amo el fútbol y por eso detesto los mundiales


Escribe: César Hildebrandt

Los mundiales siempre han sido un fraude. Lo fueron cuando Chile, a patadas, sacó a Italia de la competencia en 1962. O cuando Italia, a la mala y al estilo fascista, obtuvo la copa en 1934. O cuando Argentina, para pasar a la siguiente ronda, goleó a un Perú vendido y maniatado en 1978. O cuando Inglaterra venció a Alemania después de un gol fantasma en 1966. O cuando Materazzi hizo expulsar a Zidane. O cuando Didí, con su perversa alineación, nos obligó a perder frente a Brasil en 1970. Y no sigo porque me cansa esta enumeración de la cochinada en pantaloncito.

Ayer, un japonés que parecía Fujimori decidió que Brasil tenía que ganar con su ayuda e inventó un penal donde sólo hubo una caída histriónica. Eso, muchos minutos después de no haber expulsado al sobrestimado Neymar por agredir a un rival. La falta imaginaria y el gol deshonroso del impune Neymar hicieron que Croacia adelantara sus líneas lo que facilitó el tercer gol de Brasil. Me hizo recordar a Wembley en 1966, cuando los alemanes, desesperados por empatar luego del gol validado indebidamente a los ingleses, precipitaron el desenlace. A mí me encanta el fútbol por las mismas razones que a los demás mortales: porque en el juego uno ve lo que en la vida es muy difícil de ver. En el fútbol alguien gana, hay metas  cumplidas, emociones. La grisura de la vida, en cambio, carece de arcos. En la vida de las gentes no hay goles que cantar. La vida es un empate ceniciento con un rival que es uno mismo. Por eso se ama el fútbol: porque
de esos minutos sale un neto vencedor y un claro derrotado y todo es fácil de ver y de apreciar. Una suma, una resta, una copa, un grito: eso es el fútbol. En la vida hay, por lo general, un atasco en el medio campo, una sobrepoblación en las defensas y una multitud de arqueros que te impedirán la pasión del gol. El score en las lápidas, el resumen aritmético de las vidas, debiera ser 0-0. En la vida no hay tiempo suplementario ni definición forzada por penales. La parca mira su reloj y te la canta. Nada más.

Amo el fútbol y por eso detesto los mundiales, que son lo más parecido a la FIFA, esa mafia de sebosos probablemente suizos que organizan los resultados, escogen a sus sicarios de pito en la boca y se quedan con el grueso del dinero. El fútbol se maleó el día en que la FIFA fue la ONU de la pelota, el Consejo de Seguridad de los campeonatos, la Cosa Nostra de los penales por encargo. Lo de ayer fue una vergüenza más. Brasil, que tiene a un millón de japoneses en su seno, ganó pero dio náuseas futbolísticas. Es la medianía vestida de verde, pero el destino trazado en Zúrich quiere verlo campeón de entrecasa. Y así será, si es que las cosas salen según lo planeado por Blatter.

Miraré este Mundial con especial escepticismo. Con la suspicacia de la experiencia. Con la sospecha que se merece un juego donde el factor mafia –los árbitros, encarnación de la FIFA– sigue siendo decisivo. El día en que las computadoras se hagan cargo de las decisiones y los penales se calculen por parámetros de movimiento y fricción y los fueras de juego por ojos justos y electrónicos y los fouls por referentes de una memoria maquinal, ese será el día en que el fútbol será confiable. Mientras tanto, a seguir creyendo que los partidos son impredecibles. Que en eso consiste la ilusión del Mundial.

Publicado en Hildebrandt en sus trece.

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